Morir para sanar
Nicolás Achury es un artista visual colombiano radicado en la Florida hace doce años. Fotógrafo retratista, director, productor audiovisual y videógrafo para la Industria Musical latina, sus medios de expresión son diversos. En la actualidad trabaja como director de cámaras del show en vivo de una reconocida banda de pop. Estudia Advaita-Vedanta y las escrituras Védicas bajo la guía de su maestro espiritual y en sus días libres trabaja en los jardines del Ashram. Vive en St. Petersburg, FL con su esposa Verónica y tres perros consentidos que le dan ritmo a sus días.
Cuando no está de viaje escribe e ilustra. Su primer libro: ‘Mumukshu: Sed de iluminación’, sale al mercado en julio de este año con Editorial Planeta.
Instagram: @achury
Email: nicoachury@me.com
Morir para sanar
“Cuando nos acercamos un paso a Dios, Él da mil pasos en nuestra dirección.”
Swami Premeshananda
La historia que yo me contaba de mí mismo es tan interesante como la de cualquiera, o sea no mucho. Algo, sí, pero no demasiado. Por eso no vale la pena extenderse más allá de la simple descripción de mi melodrama: Un artista incomprendido, adelantado a su tiempo, puro talento. Una víctima de las circunstancias y de la envidia que despierta debido a sus dotes y honestidad. Un huérfano de madre que la busca en todas partes. Alguien especial que debería estar en la cima del dinero y la fama, que debería tener acceso a ciertas cosas. Un hombre atractivo. Un tipo interesante. Una persona culta. Alguien misterioso a quien hay que descubrir tras el silencio. La persona más inteligente de la habitación. Etiquetas, neurosis, miedos y proyecciones. Cosas aprendidas, cosas copiadas, cosas pasadas de generación en generación en una familia herida, en medio de una sociedad herida. Nada más.
Más interesante es la manera en la que la vida me obligó a parar la repetición de esa condena que yo mismo me había puesto. La de meterme en un molde de lo que debe y no debe ser.
La forma exterior de esta historia de injusticia y a la vez de grandeza que yo mismo me contaba, era la de un hombre obsesionado con el estatus y su formas, con el hedonismo y la búsqueda constante del placer. Rodeado de lujo y artificio, el inmigrante luchón, arribista inconsciente, era incapaz de ver su suerte. Con la mirada en lo que no tenía, se le escapaba lo mucho que sí.
Claro, sus clientes tenían yates y mansiones frente al mar. Grammys, Billboards, medallas, llaves de ciudades y Títulos Honoris Causa. Él no. Sus clientes tenían fama, las personas quieren tomarse fotos con ellos. Con él no. La sensación de inferioridad achicaba cada molécula de su ser. Su ropa nueva y cara no venía de la pasarela de Milán sino de una tienda. Su Hyundai nuevo no era un Alfa Romeo. Su apartamento no era una casa con muelle para el barco. Su video musical tenía 500 mil vistas y no cien millones. Su publicación en las revistas más prestigiosas del mundo no era portada. Era solo algo que le habían mandado a hacer.
Insostenible y doloroso, si me preguntan. La insatisfacción era la sensación constante de mi existencia. Incluso con acompañamiento psiquiátrico y medicamentos, la ansiedad y la depresión se hacían más profundas. La vida carecía de un propósito, de sentido incluso: Trabajar para hacer dinero y tener reconocimiento para que te den más trabajo para hacer más dinero y así.
Esta misma vida, para mostrarme mi error, se derrumbaría sin aviso en forma de una llamada, un par de días antes de que comenzara la cuarentena obligatoria en Miami. Mi principal cliente, que se había convertido en algo así como mi empleador de tanto que absorbía de mi atención, me estaba rescindiendo el contrato.
Mi trabajo sucede especialmente en todo lo que tiene que ver con la música en vivo. La primera cosa que se murió con la cuarentena. Perder el cliente y a la vez no poder trabajar en otras cosas hizo que rápidamente, en cuestión de solo meses, el nivel de vida al que estábamos acostumbrados se esfumara, y con este todas las certezas. Nos vimos de repente en otro escenario en el que nuestros egos gritaban ¡Carencia! Y la enfermedad mental empezaba a galopar en ambos hasta desbocarse.
La crisis se sumaba a la cuenta regresiva para morir que mi inconsciente había puesto a andar basado en la estadística: como mi mamá y su papá habían muerto ambos a los 44 años, yo también iba a morir a esa edad en una especie de maldición de los hermanos mayores. Un coctel mortal que me rompió. Pero lo hizo de la misma manera en que la naturaleza rompe a la ola contra las rocas para que se convierta de nuevo en agua y solo agua.
Todo en la Creación nace y muere, incluso dentro de una misma vida, y es así que el bebé da paso al niño y este al adolescente, que tiene que morir para dar paso al adulto y finalmente al anciano. El niño que fuimos murió. Quien yo era hace diez años, murió. La cuenta regresiva no era del todo falsa, experimenté una muerte, pero no del cuerpo físico. Experimenté la muerte de mis creencias y prejuicios.
La muerte de mi ego.
El sufrimiento insoportable de no saber quién era sin mis cosas, mi trabajo, o mi renombre hizo que pudiera ver claramente que estas etiquetas eran solo eso, clasificaciones. Categorías mentales que había superpuesto a un ser que paradójicamente me revelaba cada vez más la paz y tranquilidad que emanan de su interior. Me entregué a la meditación diaria -que había practicado sin constancia en el pasado, cuando también me puse la etiqueta de yogi– y al estudio de todo tipo de textos sagrados. La Biblia, el Bhagavad-Gita, El Gospel de Ramakrishna, La Imitación de Cristo, los Upanishads, mi apetito espiritual se hizo voraz. Mi curiosidad natural, que me había llevado a dedicarme a leer durante años casi exclusivamente libros científicos, se volcó toda en la curiosidad de Dios. Usé mi aislamiento como un retiro espiritual y me metí tan de lleno en el tema que al poco tiempo estaba completamente centrado en eso. La búsqueda de Dios se había apoderado de mi atención por completo y solo podía sentir la perfección del todo, la armonía del universo, el poder incomprensible de la Unidad. Incluso, empecé a hablar de Dios luego años de apenas permitirme un esporádico ‘El Cosmos’ o ‘El Universo’ al referirme a la Conciencia que todo lo permea.
Estudiando con profesores de tradiciones diferentes a través de Zoom, YouTube y Apple Podcasts encontré a quien hoy en día es mi maestro espiritual. Empecé a viajar desde Miami a St. Petersburg, donde vive. Los viajes se hicieron cada vez más frecuentes, también mis ganas de involucrarme con el Ashram que está bajo su dirección. Puse en práctica mi conocimiento profesional para montar un sistema de cámaras y un master de video para transmitir las clases en línea desde el templo. Pero para entonces dentro de mí ya era lo mismo bajar los mango que cortar el césped, pintar la cerca que hablar con la aerolínea, instalar el switcher que tomar las fotos. No importa ya lo que hago, importa el espíritu en el que lo hago. Importa la intención e importa la presencia absoluta, la entrega total, nada menos que eso. El espíritu del trabajo entregado y desinteresado ahora me acompaña como parte central de mi práctica espiritual, y lo llevo a las ferias y festivales de América Latina donde la gente quiere estar feliz. En el público del show veo a la Creación y le ofrendo lo mejor que tengo para dar, no importa si una de las pantallas se apaga o si un camarógrafo ignora mis indicaciones. Siempre estoy presente, siempre estoy lleno de gozo mientras trabajo. Todo es una puesta en escena maravillosa en la que la Divina Madre del Universo es todos los actores, el escenario, el guión, el público y el teatro, el guión y la música. Todo.
No pasó un año antes de que estuviéramos viviendo del todo en St. Pete, del otro lado de la península, sobre el Golfo de México. La atracción por el conocimiento milenario de la religión Védica y de Advaita-Vedanta es potente. Como cuando te atrapa una corriente en el mar, tienes que dejarte llevar y estar tranquilo. Combatirla es morir.
A pesar de lo aterrador que resulta que lo que crees ser deje de existir, después de su desaparición sigues estando ahí, tu conciencia sigue atenta a lo que pasa. Existes después de tu cuerpo, de tu nombre, de tus títulos, de tus relaciones, de tus etiquetas y de tus cosas. Existes más allá de toda definición. Es hora de conectar con la más alta vibración que emana de tu interior, y de la manera que sea, porque no hay un solo camino.
El dolor es maestro y el dolor es Gracia porque nos transforma, nos purifica, nos perfecciona y nos libera. Nos libera de creencias inútiles, de la superstición, nos libera del miedo, de las definiciones estrechas de quienes somos. El dolor no se le desea a nadie y sin embargo cuando llega, en medio de lo incomprensible y de lo que a nuestras mentes es absurdo, trae consigo la semilla de la sanación. Enfrentar el dolor, ver sus causas, comprender que muchas veces es el producto de nuestra mente y no algo objetivamente real, es una oportunidad. Que sean felices, que tengan salud, que tengan paz en sus mentes y bendiciones sin pausa, esa es mi oración. Pero el dolor llegará igual, y todo va a depender de lo que hagamos con él. Podemos sublimarlo o podemos envenenarnos a nosotros mismos.
Romper las incómodas cajas en las que tenía que caber mi idea de mí mismo me ha relajado. Mi relación con todo en mi vida fluye mejor. Con mi hijo, mi esposa, mis colegas. La relación con mi pasado, con mi cuerpo, con mi presente. Todo se ha bañado en una vibración de agradecimiento que solo se hace más fuerte. El dinero va y viene, el renombre va y viene. Las relaciones humanas van y vienen, así como los trabajos y los títulos. Permanece la Conciencia, y podemos notarlo solo cuando la despojamos de tanta basura que le ponemos encima para tratar de identificarnos con algo. Nuestra religión, nuestro apellido, nuestro partido político, nuestro equipo de fútbol, nuestra generación, nuestras creencias, ideas, incluso nuestros principios pueden todos convertirse en nuestra perdición si dejamos que sepulten la luz de la verdadera existencia.
Morir fue hermoso porque murió un hombre cruel consigo mismo para darle paso a uno más compasivo, más amigo de su encarnación. Murió el manipulador y murió el mentiroso, murió el angustiado y murió el incómodo. Murió el arrogante, murió el insensible. Murió el amargado, murió el insatisfecho. Y todas esas muertes son la vida de quien soy hoy. A veces me sorprende seguir teniendo el mismo nombre.
No alego no tener ego, a esa muerte la sucede un renacer, después de todo el ego es una herramienta también y como tal no puede desaparecer.
Después de tantos años de búsqueda, ahora todo el día le hablo a Dios. Le llamo Madre, La Divina Madre, pero también Dios, Hari, Om, Ramakrishna. Todos los nombre son su nombre y todas sus formas su forma. El Alá de unos, el Jehová de otros, todos son uno.
A veces oro, a veces repito el mantra que me fue dado por mi Gurú. A veces contemplo las imágenes y a veces leo las vidas de los santos para meditar acerca de estas. Soy un loco de Dios, la veo en todo: en mi esposa, en mis perros, en mis amigas y en todas las mujeres. En todo lo femenino -que está por fuera del binario del género porque es la energía misma del universo-. La veo en la naturaleza, en las ciudades, en mis emociones que hacen erupción de la misma manera que los volcanes.
Y trato de encontrarla hasta donde es difícil imaginar a Dios: la parte del Todo que es dolor, injusticia, crueldad y otra serie de categorías que le damos a lo imposible de definir. Eso me ayuda a aceptar el absurdo, a amar el sinsentido de que el Universo se mire a sí mismo a través de mis ojos. A fluir con lo que sucede, a abrazar el cambio. A desprenderme de las pieles viejas que me cubren y que no he soltado aun por miedo a desaparecer.
La Divina Madre es Todo y por tanto también yo hago parte de ella, soy solo una forma de su Conciencia. Una manifestación más de su poder creativo como la misma flor que pongo a sus pies en las mañanas. Lo mismo usted. Somos una sola familia humana, somos un solo organismo y también somos solo Uno.
Que hoy sea el día para empezar a explorar la capacidad de vivirlo.
Written by: Verónica Reyes
v@copia.veronicareyes.co
Soy psicóloga y psicoterapeuta Gestalt. Te quiero ofrecer una invitación a desenvolver, explorar y expandir.
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